Calidad Empresarial: el trámite que se convirtió en estrategia de negocio

Columna escrita por Fernando Arrieta, Director Regional de G-CERTI Global Certification

En un escenario económico como el argentino, marcado por volatilidad macroeconómica, cambios regulatorios frecuentes y una presión constante sobre los márgenes, la sostenibilidad de las pequeñas y medianas empresas ya no depende únicamente de la capacidad de resistir. Cada vez más, la diferencia entre sobrevivir y consolidarse está dada por la habilidad para ordenar, profesionalizar y anticipar. En este contexto, la gestión de la calidad ha dejado de ser un concepto abstracto para transformarse en una herramienta concreta de gobierno empresarial. 

Es común observar que, en muchas PYMES, especialmente las de origen familiar, el crecimiento trae aparejado un riesgo silencioso: la pérdida de control operativo, la dependencia excesiva de las personas y la improvisación como respuesta al entorno. Cambios fiscales, exigencias crecientes de clientes corporativos, crisis energéticas o disrupciones tecnológicas obligan a tomar decisiones rápidas, pero no siempre informadas. La ausencia de procesos claros y de datos confiables genera costos invisibles, conflictos internos y, a mediano plazo, un deterioro de la reputación. 

Diversos estudios sobre sostenibilidad empresarial muestran que la falta de orden y estandarización tiene consecuencias concretas. De acuerdo con datos citados por organismos internacionales de desarrollo productivo, más del 50 % de las PYMES en América Latina no supera los primeros cinco años de vida, y uno de los factores recurrentes es la ausencia de sistemas formales de gestión que aseguren continuidad, trazabilidad y toma de decisiones basada en datos. En contextos volátiles, el problema no suele ser la falta de esfuerzo o conocimiento técnico, sino la carencia de estructuras que permitan transformar ese esfuerzo en resultados consistentes a lo largo del tiempo. 

En este sentido, las organizaciones que logran sostenerse en contextos adversos suelen compartir un rasgo común: reemplazan la reacción por el análisis y la intuición por evidencia. No es casual que, según el ISO Survey, más de un millón de empresas en todo el mundo mantengan activa la certificación ISO 9001, consolidándola como el estándar de gestión más adoptado a nivel global. Adoptan estos modelos no como un fin en sí mismo, sino como un marco para ordenar la toma de decisiones. Herramientas como el análisis de contexto (PESTEL), la gestión de riesgos y los indicadores de desempeño permiten transformar amenazas externas en procesos internos controlados, previsibles y auditables. 

Dentro de ese grupo de empresas que avanzan hacia modelos de gestión más maduros se encuentra la experiencia de GNC Centro S.R.L., una PYME familiar que decidió utilizar la recertificación de su sistema de gestión de la calidad como una palanca de transformación, y no como un simple requisito formal. El proceso implicó un cambio profundo: despersonalizar los problemas para enfocarse en los procesos, integrar a todas las áreas en un comité de calidad y migrar de una cultura del “hacer” a una lógica de “medir para mejorar”. 

La documentación dejó de ser un archivo estático para convertirse en datos vivos. La automatización y el uso de sistemas 100% digitales en la nube permitieron eliminar el papel, mejorar la trazabilidad y generar alertas en tiempo real ante cualquier desvío. Hoy, cada incidente o control alimenta un ecosistema de información que funciona de manera continua, accesible desde cualquier lugar y alineado con la estrategia de largo plazo. 

En un contexto recesivo, las empresas que aplican normas de estándar internacional como la ISO 9001, logran aumentar su participación de mercado incluso en segmentos premium, validando que los clientes, tanto individuales como corporativos, valoran la consistencia y la previsibilidad. La certificación de este tipo actúa como un verdadero “pasaporte de confianza” en negociaciones B2B, donde ya no alcanza con competir por precio: la seguridad, la trazabilidad y la confiabilidad del servicio son condiciones excluyentes. 

La experiencia deja una enseñanza clara: cuando la calidad se gestiona con criterio profesional e imparcial, deja de ser un sello en la pared y se convierte en un activo estratégico. En entornos inciertos, las organizaciones que entienden esto antes no solo resisten mejor las crisis, sino que construyen ventajas competitivas difíciles de replicar. La clave ya no está en reaccionar más rápido, sino en decidir mejor.

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